Los seres humanos pasamos gran parte de nuestras vidas actuando
con miedo, un miedo irracional. Este sentimiento nos conlleva a pensamientos
negativos, de derrota y desesperanza.
Además hay momentos de la vida, en los cuales creemos que ya nada
peor podría pasarnos respecto a nuestra situación. Lo cierto es, que nunca nos
vamos a encontrar en realidad tan mal, como creemos que nos sentimos; pero la ventaja de
aquel padecimiento es muy favorable. Al pensar, que todo a nuestro alrededor es
una nube de problemas y errores, no nos queda más remedio que aceptarlo. Cuando
decidimos que ya nada podría ser peor, se nos hace mucho más fácil intentar algo nuevo, algo
desconocido, reteniendo en la mente la pregunta: “¿Qué es lo peor que puede
pasar?”. Y es que, no es muy probable que el peligro sea más grande que nuestro
miedo.
De hecho, es menos complicado de lo que parece, pues, en la
mayoría de los casos, cuando estamos al borde del abismo, exhaustos y sin
esperanzas, podemos llegar a optar por tomar el camino más oscuro: el suicidio. Entonces, si somos capaces de llegar a plantearnos dicha
situación, ¿por qué no intentar algo que, al fin y al cabo, no va a tener
tantas consecuencias como el hecho de acabar con nuestra propia vida?
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